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Esta sección está dedicada a la fotografía como medio de expresión. Abordaré temas referentes a la técnica, al leguaje visual, anécdotas, personajes, experiencias, comentarios; sin establecer límites, pero siempre alrededor del mundo de la fotografía.

 

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DM | 30·12·21 | 06:00

https://www.diariodemallorca.es/opinion/2021/12/30/contenido-61132105.html

Leo una entrevista hecha a un prestigioso fotógrafo en la que se le hace la consabida pregunta, ‘¿analógico o digital?’. Él responde con tono de quien está muy seguro de lo que dice: ‘analógico’, y deja caer el lamento, ‘con lo digital se está perdiendo la magia de la fotografía’.

Quizá, dentro de cincuenta años (puede que esté haciendo ciencia ficción), el proceso analógico se estudiará como arqueología, será como ahora el latín y el griego, lo digital estará siendo devorado por una tecnología nueva de la que aún no tenemos noticia y quienes en ese momento se resistan a la evolución se acogerán a análogos argumentos que sus antepasados negacionistas: ‘se está perdiendo la magia del proceso digital, lamentarán.

¿Es éste un signo de muerte en vida?

Defender el mantenimiento de un proceso técnico, en aras a una personal filosofía creativa, es totalmente respetable. No discuto la preferencia por la técnica convencional, que puede tener su nicho y hasta reactivarse con puntual fuerza, pero me parece inaceptable que desde ese sector se pretenda ningunear otras vías en la evolución. La excitación que uno sentía encerrándose en un cuarto oscuro, utilizando químicos al amparo de aquella inspiradora luz roja, también se experimenta -aceptemos que de manera diferente- ante el monitor utilizando programas sofisticados, doy fe porque he vivido ambas experiencias de manera plena. Es indudable que la tecnología digital ha ampliado la proyección creativa. Mucha de la cirugía con bisturí está siendo desplazada por tecnologías laparoscópicas infinitamente más precisas, como el robot Da Vinci. ¿Podemos imaginar a un cirujano diciendo, ‘yo sigo con el bisturí porque me siento más cirujano’? Recordemos que estamos hablando de procesos técnicos creados para conseguir objetivos concretos, sean científicos o creativos. No confundamos el fin con el medio. El fin de la cirugía sabemos cual es. El fin de la técnica fotográfica, sea analógica o digital, sea la que sea, es el contenido creativo condensado en la imagen final. Es decir, el fin último es la imagen final, no el proceso para llegar a ella.

Me apunto a la lucidez de la mexicana Graciela Iturbide: ‘trabajo con película porque lo digital me pilló mayor, pero para mi es lo mismo una cosa que la otra’.

A los cincuenta años de la muerte física de aquella vaca sagrada que se lamentaba al principio de estas líneas, cuando alguien analice sus imágenes en un libro o en un museo, en lo último que pensará es en la técnica que utilizó. No habrá evidencia de ello a través de la simple observación de la obra. Serán los contenidos y su leguaje plástico lo que le mantendrá presente, como autor, en la historia. Y reto, a quien quiera, a una cata a ciegas en la que decida, de entre las seis imágenes que le proponga, cuales son las tres tomadas y procesadas digitalmente y cuales las tres trabajadas por medios analógicos. Por haberlo experimentado garantizo sorpresas.

Es agotador, siempre teniendo que dar explicaciones de todo menos de los contenidos. Parece que lo importante es el celofán y el lazo que los envuelve. Constantemente las conversaciones giran sobre si digital o analógico, que si papel baritado, que si es un ferrotipo, qué cámara o lente has usado, que si ha sido ampliado químicamente o tirado con plotter… hasta ¡que dónde lo enmarcaste! Cuanto ruido inútil y qué contaminante.

¿Por qué no disfrutamos de la imagen por sí misma en vez de analizarla física y químicamente como si fuéramos miembros del CSI? Después de darle muchas vueltas he llegado a la conclusión de que la técnica, por ser algo tangible, es más alcanzable a la mente común que el contenido, más subjetivo, interpretable, que transmite sensaciones, ideas, historias... ¿Datos frente a imaginación?

Necesito acudir a la contundencia de la archi-conocida anécdota atribuida al asesor económico de Bill Clinton, en las elecciones de 1992, teniendo en frente al republicano George Bush (padre), clamando una evidencia que le llevó a la presidencia del país: ‘la economía, ¡estúpido!’

Si, ¡el contenido! (me callo lo de estúpido), el contenido. Que no nos líen.

©Pedro Coll

 

‘Los otros’, tríptico tratado digitalmente a partir de imágenes analógicas. Dunkerque, 2004. ©Pedro Coll

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DM ¡ 18.10.2021 ¡ 00:14

https://www.diariodemallorca.es/opinion/2021/10/18/elegancia-diagonal-58470136.html

                     

Hace unos días hice referencia a una sesión fotográfica, considerada icónica, que da vida a cinco minutos deliciosos en la película ‘Blowup’, de Antonioni. Quiero ahora aportar una experiencia personal, en ese campo, que para mi fue muy curiosa. Confirma la incógnita con que se inicia siempre una sesión de este tipo, en la que debe asociarse la profesionalidad de dos personalidades diferentes, modelo y fotógrafo, cada una de ellas ejerciendo su rol propio y específico. Siempre he pensado que, en estos lances, la responsabilidad sobre el resultado final es la misma para ambas partes. Una cita a ciegas con riesgo al cincuenta por cien.

La sesión en la que obtuve la fotografía que aquí muestro fue una sesión frustrada en su inicio. Era un test experimental que no tenía otro objetivo que conseguir imágenes para nuestros respectivos ‘books’. Así es como lo habíamos planteado de mutuo acuerdo. Hacía un calor insoportable y aquel día el aire acondicionado no funcionaba, la luz del sol penetraba directamente en el estudio y opté por el mínimo esfuerzo, jugar con las cortinas para modularla. Por algún motivo no me sentía de lo más motivado, algo que ella debió notar desde el principio. Mal comienzo, porque ahí influye mucho el nivel de empatía, la buena química, ese ‘feeling’ tan esencial en un tipo de encuentro que necesita de intimidad comunicativa.


Sin embargo, se produjo un momento especial cuando ella, apoyada en la escalera y esperando a que yo decidiera qué hacer, si seguir o acabar con el suplicio, se incorporó ligeramente y arregló la posición del sombrero que llevaba. Una vez más, la casualidad y la improvisación se coaligaron y me llevaron a un primer y precipitado disparo. Aquel gesto de ella, quizá involuntario, me había activado como un resorte. A partir de este inicio, y sintiéndome más seguro, fuimos adentrándonos en el proceso, hasta que de nuevo la elegante sinuosidad de su movimiento la llevó a un punto en el que le pedí que se detuviera. Ahí estaba la imagen, tan sólo faltaba afinarla. Le indiqué que fuera repitiendo con pequeñas variaciones aquel gesto que momentos antes me había sacado de la desidia. Y así, como si estuviera ausente, pero controlando muy bien lo que hacía, fue modulando su figura según su criterio.

Esta última fase duró sólo unos minutos. Entonces, ante su asombro, dejé la cámara y di por acabada la sesión. Lo tenía, e intuía que podía ser especial. Al final había acabado haciendo muy pocos disparos, no llegué a consumir un segundo rollo de 36, algo inusual. Todo el malestar que me había estado dominando se transformó en ansias locas de revelar aquellos dos rollos, escanear la imagen obtenida para volcarla en el ordenador y ajustarla digitalmente con la precisión que merecía. Era una época ‘híbrida’, a caballo entre lo analógico y lo digital, una época en que, si bien utilizaba aún película que revelaba químicamente, el proceso final de trabajo de la imagen ya no lo hacía en el cuarto oscuro ante una ampliadora sino en la pantalla de un monitor.

Todo eso viene a cuenta del contenido de una entrevista hecha a un arquitecto suizo/alemán, ignoro su nombre, fue en un programa de televisión, en la que mencionó ’la elegancia de la diagonal’. Sus palabras fueron exponiendo con precisión algo que me era totalmente afín, pero de lo que nunca había sido consciente: la trascendencia plástica de la línea recta y su fuga hacia la diagonal. Aquel hombre emitía un carisma que se correspondía exactamente con la filosofía que intentaba transmitir. Transpiraba una manera de ver y de comunicar exquisita en el fondo y en la forma. El susurro antes que el grito, precisión en la elección de los elementos, economía en el lenguaje, seriedad e intención en el contenido.  

Siempre me ha gustado esta imagen, contiene una clara intención plástica y conceptual. Una estructura gráfica, casi arquitectónica, que se beneficia de la diagonal, el gesto adecuado y un toque retro que nos lleva a los 60 y a aquella Audrey Hepburn de alambre. Minimalismo. 

©Pedro Coll

 Sesión experimental en estudio, Palma, 2002. ©Pedro Coll

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