Nostalgia
DM 27·09·21
David Hemmings y Veruschka, en la icónica sesión fotográfica de ‘Blow-Up’, film de Antonioni.
Murió Jean-Paul Belmondo. Para muchos de nosotros, nostalgia de un tiempo
irrepetible que tuvimos la suerte de vivir. Pone los pelos de punta ver el homenaje que
se le rindió en Les Invalides, al son del ‘Chi Mai’ de Ennio Morricone, interpretado de
manera solemne y seria por una banda militar. Elegancia y sobriedad, exquisito coctel.
El presidente de la República presidiendo el acto, como uno más. Familia, amigos,
admiradores. Tristeza ante la desaparición de una parte de nosotros mismos. Y envidia
sana de un país como Francia que sabe tratar a sus artistas e intelectuales, sin
distinción de credo ni de color.
Sigo en esa época pasada en la que, para los de mi generación, todo estaba
comenzando y el futuro era la gran incógnita. Italia, Francia, Inglaterra, tan vecinos y
tan distantes, eran los espejos en que ansiábamos reflejarnos. Con apenas 17 años, en
mi primer día en París me quedé boquiabierto, diría que escandalizado, al ver como
una pareja -chico/chica, nada del otro mundo- se besaba al pie de un semáforo. En
aquel tiempo, en una situación así, en este país nuestro la Ley de Vagos y Maleantes
los estaría mandando a comisaría…
De Belmondo vamos a pasar a Antonioni, sin salirnos para nada de esta concesión
tejida alrededor de la nostalgia. Voy a hacerlo arrimando el ascua a mi sardina…
‘Blow-Up’*, o ‘Deseo de una mañana de verano’, de Michelangelo Antonioni, puso
ante nuestros ojos aún adolescentes un mundo en el que algunos íbamos a querer vivir
el resto de nuestras vidas. A partir de aquel momento, la riqueza comunicativa de la
fotografía nos iría atrapando a través de la obra de personajes de carne y hueso de
diferentes perfiles, intensos todos ellos, nombres del calibre de Klein, Avedon, Bailey,
Newton… Pero aquel fotógrafo de ficción, me refiero al creado por Antonioni, tan
obsesivo, capaz de estar trabajando por la mañana en un reportaje, camuflado cómo
un marginal más en un asilo estatal y, horas después, enfrentarse a una loca y
sofisticada sesión de moda, siempre concentrado en su mundo interior fuera del cual
nada existía ni importaba, aquel personaje de película, inventado, pero tan seductor,
nos trazó una ruta a muchos de nosotros, jóvenes hambrientos de algo que quizá no
fuera tan inalcanzable, y nos abocó a una irrenunciable manera de vivir.
La sesión fotográfica en la que aquel fotógrafo y la esbelta modelo alemana
Veruschka*, posiblemente la primera ‘top’ de la historia de las ‘tops’, se alían y
enfrentan en la soledad de un alternativo y caótico estudio -todo un cóctel de
inspiración y de morbo- se convirtió en un icono para muchos jóvenes atraídos por el
emergente y en apariencia mágico mundo de la fotografía. El Londres de finales de los
60, innovador, provocativo, iconoclasta, libre, tan profundo como superficial y, sobre
todo, tan alejado de la atmósfera pastosa y naftalina que aquí nos envolvía, caló en
nosotros como agua de mayo.
Sin ser consciente de ello hasta años después, metido ya en los entresijos de este
oficio elegido de manera consciente, la magistral secuencia de Antonioni iba a servir
para advertirme de que aquella conexión entre fotógrafo y modelo no era un mero
juego placentero aislado sino un enfrentamiento real, un têtê a têtê a muerte
persiguiendo ambas partes la excelencia, una especie de cita a ciegas con la incógnita
del resultado final. Lección iniciática para extrapolar y tener siempre presente. Esta era
la advertencia: tu, sólo, a un lado del ring, y el mundo mirándote a los ojos en el otro
lado.
De esta manera comenzamos a dar nuestros primeros pasos, aprendiendo a
trompicones, combinando miedos y deseos, fracasos y descubrimientos, cargados de
dudas y de necesidad de desentrañarlas. En el momento que escribo estas líneas soy
consciente de que, a la sombra de tipos como Belmondo y Antonioni, Cortázar y Baily,
y otros muchos, nos fue ocurriendo la vida en un apasionante y fugaz suspiro, sí, ¡zas!,
y de ahí la nostalgia.
Información complementaria:
‘Blow-Up’*
La historia se basa en el relato de Julio Cortázar, ‘Las babas del diablo’. Cortázar hace un cameo
en la película. El personaje principal está inspirado en el conocido fotógrafo londinense David
Bailey. La película obtuvo en 1966 la Palma de Oro del Festival de Cannes. Contiene el primer
desnudo frontal integral femenino en la historia del cine británico. La cámara que se utiliza es
la Nikon F, la misma que acabaría popularizándose en la guerra de Vietnam.
Verushka*
Veruschka von Lehndorff, Königsberg, 1939. De familia de aristócratas germanos, tras la
ejecución de su padre, implicado en el atentado contra Hitler del 20 de julio de 1944, escapó
de la Alemania nazi y se reinventó en Nueva York. Su exotismo, tan diferente a la languidez de
Twiggy, marcó la década de los 60. Fotógrafos como Richard Avedon, Irving Penn o Helmut
Newton la inmortalizaron, y Dalí se la llevó a Kenia. Nadie lucía como ella las saharianas de su
amigo Yves Saint Laurent. Cumplidos ya los 80 años, el mundo de la pasarela le ha rendido un
homenaje. Su mágica aparición de cinco minutos en ‘Blow-Up’ la convirtió en eterna.