Medievo
DM 04 01 21
Localización: Ermita de la Santísima Trinitat, en Valldemossa.
Recupero un texto escrito en 1999, agonizando el siglo XX. En estos días difíciles,
reencontrarme con estas líneas me ha transportado a una sosegada sensación que
añoro y en la que me refugio.
Es viernes noche y recibo una llamada del padre Mauro, Prior de los ermitaños vecinos.
Me comunica el fallecimiento del más aciano de ellos. En la tarde del día siguiente, al
llegar a la ermita, me encuentro con gente del pueblo ya congregada en el patio,
alrededor del pozo. La habitación mortuoria es de modestas dimensiones. Paredes
encaladas y una simple bombilla que cuelga de un hilo creando sombras. Sobre un
suelo de baldosas de barro, encajado en un sobrio ataúd de madera de pino, descansa
el cuerpo consumido de aquel anciano con el que, en algunas de mis regulares visitas
al mirador de la ermita, más de una vez había cruzado palabras de cortesía. Vestido
con el hábito pardo, encapuchado, su larga barba blanca cubriendo parte del pecho,
las manos entrelazadas sujetando una rama de olivo. Más ramas de olivo esparcidas
sobre él. Seis ermitaños rodean el féretro y rezan. Huele a incienso. Un sacerdote
salpica al fallecido con el agua bendecida que lleva en un recipiente de plata. Me viene
a la memoria aquella ceremonia de cremación, en la frontera de Tailandia con Laos y
Birmania, a orillas del rio Mekong, en la que los familiares se despedían del finado
rociándolo con el agua perfumada que contenía una vasija, también de plata. Allí lo
fotografié, pero aquí ni lo he intentado, me resulta demasiado próximo, aunque mi
instinto de narrador visual va memorizando instantáneas que ahora transcribo.
No se me escapa el gesto imperceptible del Prior, un simple movimiento de la cabeza
con destello de tristeza en los ojos. Dos de los ermitaños se dirigen al ataúd, uno en
cada extremo del mismo, y lo cubren con la tapa. Una acción definitiva, trascendente,
pero realizada casi de manera burocrática. Suena igual que si cerraras un cajón de una
consola y le dieras dos giros a la llave.
Me sitúo para encabezar la comitiva e imagino un traveling recordando aquel de
Kubrick que recorre las trincheras interminables en Senderos de Gloria. Detrás de
mi vienen tres sacerdotes, colores morados y blancos, el primero con una gran cruz,
después el féretro portado por los seis ermitaños, ya anciano el más joven, luego el
grupo abigarrado de vecinos.
Sigue oliendo a incienso y la tarde se hace misteriosa e íntima. Cruzamos un huerto
con rosales para acabar en una plazoleta. Es el cementerio, de dimensiones adecuadas
a la modesta comunidad religiosa. Ante nuestros ojos, un muro con algo más de una
docena de nichos, ilegibles las inscripciones de sus lápidas desde la distancia, la
fachada de una capilla y su puerta flanqueada por dos largos y finos cipreses, la
infinitud del mar y un cielo otoñal. Introducida no sin dificultad la caja de pino en el
nicho, ante la mirada de los asistentes, dos albañiles elaboran sonoramente la mezcla
de cemento/cola y agua y colocan una lápida aún sin inscripción.
Los automóviles comienzan a desfilar de regreso. Yo voy caminando hacia casa con el
fresco de la tarde en la frente, recorriendo sin prisa esos diez minutos de paseo que
me separan de la Ermita. Siento el privilegio de ser el vecino más próximo de este
enclave medieval. Hasta Tula, que me espera echada y vigilante al pie de la verja, está
impregnada del tono rojizo que muchas tardes del año acompaña a la caída del sol
sobre el mar, el horizonte perfecto.
https://www.diariodemallorca.es/opinion/2021/01/04/medievo-27008537.html