El hecho diferencial
DM 01 11 21
Concepto fotográfico sobre ‘el hecho diferencial’, producido para bancos de imágenes.
©Pedro Coll
Hace bastantes años estuve en Sierra Leona cubriendo un encargo fotográfico. Fue
antes de aquella guerra civil terrible cuyas consecuencias, después de 11 años de
crueldades sin límite, arrojó una cifra de casi 100.000 muertos. El conflicto fue
conocido por las numerosas masacres, amputaciones de miembros, el uso masivo de
niños-soldado y el tráfico de diamantes, llamados diamantes de sangre, como método
de financiación.
Durante aquella corta estancia, en contraste con la belleza exuberante de la naturaleza
del país, casi a diario sentí la extrema agresividad del ambiente, premonición de lo que
estaba por venir. Por una casualidad conocí a Benicio Sanz, un médico español que
estaba en Sierra Leona dirigiendo un leprosorio financiado por una organización de
ayuda al exterior alemana. El encuentro se produjo en un destartalado campo de
futbol, junto a la carretera, donde él estaba participando en un partido de locales
contra extranjeros (podéis imaginarlo). Resultó que habíamos coincidido durante años
en Salamanca, sin conocernos, estudiando nuestras respectivas carreras. Me habló de
una experiencia visual salmantina que yo desconocía y que, en aquel momento, tan
lejos en el tiempo y en la distancia, le producía nostalgia recordar: en noches de vinos,
ya entrada la madrugada, él y algunos compañeros se tendían panza arriba en el
centro de la Plaza Mayor y mirando hacia arriba disfrutaban del campo visual del
limpio cielo castellano, a veces estrellado, cercado el perímetro de la visión por la
majestuosa arquitectura iluminada de las cuatro fachadas de la plaza. Días después
pasé una mañana con él en el leprosorio. Mi conductor y mi guardaespaldas, que
necesariamente me acompañaban en las salidas, prefirieron quedarse fuera. Era una
especie de finca formada por diferentes pabellones. Benicio me fue mostrando los
distintos niveles de agresividad de la lepra, con precisión, presentándome a los
enfermos con naturalidad, como si fueran familia suya. Cuando me enteré de que el
contagio de la lepra se producía por vía respiratoria decidí, mientras estuviera allí,
respirar sólo lo necesario para sobrevivir. Aquellas horas que pasé con él son, hasta el
día de hoy, las horas en que mis pulmones han trabajado menos. Me llevó de regreso
al hotel donde me hospedaba y de camino, circulando por una pista de tierra rojiza
bordeada de una vegetación tan frondosa que convertía el camino en un túnel, nos
encontramos con un destartalado Land Rover cruzado, obstruyendo el paso, y a su
alrededor a tres o cuatro inmensos y fibrosos sierraleoneses charlando a gritos, varios
de ellos blandiendo afilados machetes. Entonces, Benicio frena, saca la cabeza por la
ventanilla y vocifera: ‘¡go away, jungla drivers!’ (¡largo de aquí, conductores de la
jungla!). Pensé que se había trastornado. Ellos se volvieron mirándonos con furia, pero
de repente estallaron en carcajadas, eran amigos suyos; un personaje admirable.
Y no se borra de mi memoria algo que me ocurrió el último día, cuando nos dirigíamos
en un taxi hacia el aeropuerto. Cruzando la inmensa extensión de ‘casas de lata’ que es
la capital, Freetown, en un momento en que estuvimos detenidos por la luz roja de un
cruce me llamó la atención algo que estaba ocurriendo a escasos cincuenta metros de
nosotros: en una especie de descampado un corro de muchachos adolescentes, y
algunos más mayores, rodeaban a un niño blanco como la leche, un albino. La imagen
era llamativa a la vez que inquietante e irradiaba amenaza. Aquellos muchachos
parecían estar jugando, riendo, pero todos ellos miraban y se dirigían de manera muy
evidente hacia el albino, que estaba sentado en una especie de cajón alto de madera,
como si hubiera sido colocado o expuesto allí expresamente. El taxi arrancó de nuevo y
la escena fue perdiéndose en la lejanía. Pero recuerdo muy bien la indefinida
sensación de angustiosa inseguridad y desamparo, hasta de miedo, que aquella visión
dejó en mi mente.
Bastante tiempo después vi en televisión un documental, firmado por el periodista Jon
Sistiaga, titulado Los blancos de la ira. Trataba de esas ancestrales supersticiones que,
en algunos países africanos, llevan a creer que trae buena suerte mutilar o asesinar a
un albino para utilizar sus órganos en conjuros de magia negra, o que violar a una
mujer albina cura el sida. Y me vino a la memoria aquel episodio vivido años atrás.
He intentado a veces analizar por qué sentí aquella sensación de desasosiego, de
amenaza inmediata de peligro. ¿Se trataba sólo de inquietud por la suerte del albino o
había oculto algo más subliminal y atávico que mi subconsciente me estaba ocultando?
Creemos conocernos, estar seguros de nuestro posicionamiento ético ante
determinados conflictos que la vida nos plantea como seres humanos, como el racial,
pero… ¿somos de verdad como creemos ser?
https://www.diariodemallorca.es/opinion/2021/11/01/hecho-diferencial-59023002.html