El entretiempo

DM 26 12 22

‘En el entretiempo’, 1998, imagen producida para bancos de imágenes.
©PedroColl


Al llegar el mes de agosto, el mes en que el país se para, a los medios de comunicación
les da por bajar el listón y ponerse ‘light’, o sea, simples. Y lo hacen al unísono, sin
excepción, desde El País a La Razón, por poner un ejemplo gráfico y fácil de entender.
Obedeciendo a una lógica empresarial, se dedican a reflotar temas que, con ligeros
retoques, son los mismos cada año. A la vez, todos ellos, levantan el pie del acelerador
en asuntos de calado. Es cuando aparecen los becarios que, sin poder disimularlo,
intentan aprovechar la oportunidad. Y una parte del mundo de lo interesante, de lo
intenso, de lo real, entra en una cierta hibernación durante estos treinta días calurosos
de vacación absoluta. Entonces, ese morbo cotidiano que nos lleva de la sorpresa a la
preocupación, de la indignación al gozo, es decir, la información fresca que uno
necesita enchufarse cada mañana, se adelgaza y banaliza de manera sensible. Se siente
uno como huérfano de algo en esos extraños meses caniculares, al tiempo que
desciende ese nivel de adrenalina que nos permite vivir la vida con chispa.

Y así como en fechas navideñas -ahí estamos- todos debemos convertirnos en
personajes bonachones, amándonos mucho, comprándonos regalos, asistiendo a
multitudinarias cenas y comidas de empresa, de antiguos alumnos, de familia… en el
mes de agosto, estos medios de comunicación tan necesarios nos tratan como a tipos
de mente plana, centrando su especial intención en bronceadores, en remedios
especiales para las picaduras del mosquito tigre, en los golpes de calor, en las recetas
de energizantes ensaladas e infinidad de variantes del gin-tonic. Nos meten hasta en la
ensaladilla rusa a las ‘wags’, esas clónicas novias de futbolistas famosos, todas ellas
modelos e influyentes ‘influencers’, nos la muestran retozando impúdicamente en
yates estratosféricos fondeados ante las playas de Ibiza y Formentera. Nos proponen,
o nos narran, viajes a lugares exóticos, cuando todos sabemos que lo exótico ya no
existe. Nos hablan de eventos sociales, fiestas locas, aconteceres excitantes que va
protagonizando el mundo de la gente guapa y famosa, la bautizada como ‘jet-set’ a
mediados del siglo pasado, que tenía entonces una cierta aura de glamour pero que
ahora son de plástico, lejanos, irreales, supongo que consecuencia de la evolución
contemporánea de aquellos viejos cuentos de hadas, de princesas y príncipes, pócimas
de riesgo y dragones voladores.

Confieso que sufro lo mío en estos paréntesis de temporal felicidad obligada que
vivimos dos veces al año, año tras año y tengo la sensación de que no soy el único que
lo sufre. Aunque reconozco que últimamente, con el grano en el culo en que se ha
convertido Putin, la desestabilizadora amenaza del inestable Trump, las idas y venidas
del PP para acabar siempre en el NO, el inmarcesible y momificado CGPJ, estas nuevas
leyes progres que amenazan con amenazar la amenazada unidad nacional, la victoria
en urnas de la fascista Meloni, ejemplo ‘al pelo’ para la aspirante Ayuso y su plan, nada
sibilino, de ‘arrejuntar’ a Feijoo y a Abascal en un pack y fagocitarse a ambos-dos de un
único bocado, ese escándalo reciente del Qatargate, que a ver en qué va a acabar y de
qué modo nos salpicará… con todo este cóctel variopinto y explosivo en alza, en el
pasado verano, en el reciente otoño y más aún en este comienzo de invierno, se ha
estado desarrollando una creciente y furibunda presión por parte de los medios superconservadores
capitalinos, buscando la sensación de que estamos llegando el fin del
mundo. Ya sabéis, cuanto peor, mejor, para algunos. Lo cierto es que ni agosto ni
Navidad se están ahora mostrando tan diferentes al resto del tiempo, al entretiempo
como me gusta llamarlo, casi lo están superando. Y, a pesar de los sensibles e
incalculables daños colaterales de tanta movida, para muchos de nosotros, adictos a la
nicotina de la información, la cosa parece mejorar.

De todos modos, ocurra lo que ocurra, seguiré prefiriendo vivir mi día a día en el
entretiempo, el que transcurre entre estos dos acontecimientos anuales. Seguiré
evitando sentirme obligado, de repente, a ser bueno y amar a todo dios, o a
convertirme, también de golpe, en bobo de babero, deambulando por playas y
terrazas, con las náuticas y el ‘lacost’ tono pastel, de acuerdo al más ‘cool’ estilo
neoliberal vigente.

Es sólo mi opinión, como modesto observador de lo cotidiano.

https://www.diariodemallorca.es/opinion/2022/12/26/entretiempo-80386586.html