El conocimiento
DM 30 10 23 | 00:16
Pedro Coll © 2011
Publiqué este texto en mi blog, El Punto Amarillo, el 16 de mayo de 2011. Ella tendría entonces
nueve años. Fue esta foto que le hice que me llevó a escribirlo. Qué bien complementan las
palabras con las imágenes, se retroalimentan. Hace unos días, consultando este blog que
mantengo vivo, pero sin actividad, me encontré con este post, El conocimiento, y me entró el
deseo de trabajar un poco sobre él, actualizarlo y compartirlo. Han pasado tantas cosas desde
aquel 2011, y no paran de pasar. No diré su nombre, la conozco bien y no quiero agobiarla ni
ponerla en situación incómoda ante sus amigos. Ya en edad universitaria y metida de lleno en su
curso de Erasmus, está entrando con ilusión en ese futuro incierto para el que muchos de nosotros
careceríamos de energía si nos propusieran ahora renovar el contrato de la vida. Imaginad la
oferta: toma, setenta años más, pero sin volver a nacer, o sea, setenta años más a partir de tus
actuales artrosis, próstatas, pájaras mentales, insuficiencias respiratorias, etc… Llegar de esta
manera, con la precariedad actual incrementada, a los ciento cuarenta años, como prometen esos
malabaristas de la genética, sería una crueldad. Me recuerda las investigaciones de los nazis para
mejorar la raza.
Pero vayamos al texto del post, escrito con referencia a la imagen que inspira el texto.
“Suelo observarla sin que se dé cuenta, me maravilla su actividad, su empatía, su amor propio y
sentido de responsabilidad, su alegría, su facilidad tan oriental para las cifras y para sus iniciáticos
pequeños proyectos de business. De pequeñita daba la sensación de sentirse humillada al no
poder leer lo escrito en los letreros en la calle o en las páginas de los periódicos. Solía preguntar,
¿qué pone aquí? Hubo una época en que, al acostarse, abría un libro por el punto donde lo había
dejado la noche anterior y durante un rato hacía como que leía, pasaba algunas páginas, situaba el
punto donde parecía que había dejado la lectura, lo cerraba, lo dejaba sobre la mesilla de noche y
cogía el sueño en un cero coma. Fue en los trayectos del colegio a casa donde fui apreciando sus
progresos en el conocimiento de la escritura, a la vez que de las cosas de la vida. Al principio se
sintió feliz sólo de comprobar que ya identificaba las letras de los anuncios de publicidad y de los
letreros de los comercios, señalaba las letras, aquello es una B y aquello una Ñ. Más adelante
comenzó a juntarlas, g-a-b-i-n-e-t-e f-i-s-c-a-l, se quedaba pensativa y preguntaba
¿qué es gabinete fiscal? Y tu, mirándola por el retrovisor, explícaselo.
Fui consciente por primera vez de su agudeza mental aquella tarde en que salió como
ensimismada de una clase de Kumon a la que iba una vez por semana. El Kumon es un sistema
japonés de aprendizaje para ejercitar la mente mediante la matemática. Tenía entonces siete
años. Conociendo su nivel de autoexigencia le pregunté qué le preocupaba. He tenido dos faltas, y
la profesora me ha dicho que menos mal que era humana. Ella solo había cotizado lo de sus dos
faltas sin darse cuenta del auténtico sentido del comentario. En aquella misma época estábamos
organizando un viaje de larga distancia. Yo tenía puntos de Iberia, casi daban para los dos billetes y
pensaba completar los que nos faltaban comprándolos. Se lo expliqué y le dije que probablemente
volaríamos gratis los dos. En tiempo real se puso en lo peor y me dio un consejo: si al final tienes
que comprar uno de los billetes, que sea el mío, tengo descuento por edad”.
Terminé el texto para el blog con esa frase: “La observo sin que se dé cuenta y me maravilla su
existencia”. Días después apareció un comentario en mi blog que me dejó cavilando, lo firmaba un
nombre de mujer y venía de Argentina. Decía esto: Ustedes, los del primer mundo, parece que se
cayeron de un guindo.
Pues quizá sí. Pero los que no se van a caer de un guindo son muchos jóvenes de esta generación
de mutantes que confío en que se coman el futuro con patatas fritas, aunque se lo hayamos
dejado hecho unos zorros. Metidos en ese marasmo ocasionado por tanto incompetente adulto,
no nos queda otra que confiar en ellos. Y en las mujeres, que vienen disparadas. Y por lo que
concierne a nosotros, los mayores, pienso que nos va bien esa esperanza de vida de los ochenta y
tantos, pelín arriba, pelín abajo. ¡Y tanto!, como traduciría literalmente un catalán al castellano,
ahora que nos ocupa y preocupa algo tan trascendente para nuestra vida cotidiana como parece
ser la traducción simultánea de las cuatro lenguas co-oficiales.
©texto/foto: Pedro Coll
https://www.diariodemallorca.es/opinion/2023/10/30/conocimiento-93971878.html