Cherchez la femme
DM 16 01 23
‘Si no fumaras…’. ©Pedro Coll
Hablemos en el idioma en que hablemos, de manera inevitable, ‘eso’ lo acabaremos
diciendo en francés. ‘Cherchez la femme’, con su cadencia sonora, advierte de peligro
inminente. En italiano, ‘cercare la donna’, suena demasiado musical. En inglés ‘look for the
women’ parece una sugerencia comercial. No sé cómo se dirá en alemán, ‘ich suche eine
Fraun’ me indica el traductor de Google, eso frena a cualquiera. En español, ‘buscad a la
mujer’, huele a traducción literal. Lo cierto es que la mayor parte de veces que se
utiliza esta expresión suele poner el dedo en la llaga. En ella se alían ese fondo racional y
cartesiano con la experiencia de la vida galante, habilidades propias del ADN francés, se
dice por ahí.
Hace unos días me enteré de lo ocurrido a una pareja de conocidos, pareja legal y
legalizada, en un hotel de una gran ciudad europea. El llevaba ya unos días allá por un
tema de negocios y el plan era aprovechar el final del viaje para combinar negocio con
placer. Una vez ella se hubo ubicado en la habitación del hotel y recuperado del viaje con
la ducha de rigor, mientras esperaba la llegada de su esposo decidió descansar un rato,
levantó las sábanas de la cama y se le heló la sangre: en el centro de la misma había una
mancha incolora casi del tamaño de un palmo, daba la sensación de que se había
intentado limpiar algo y no había dado tiempo a secar. Tras dudar unos segundos, con
cierto asco pasó por encima la palma de su mano, acariciándola y apreció aquella ligera
humedad. Mal asunto, difícil defensa para el supuesto culpable. En un caso como este,
‘cherchez la femme’ es lo primero que a uno le viene a la cabeza.
En una novela de Paul Auster, en La trilogía de Nueva York, hablo de memoria, hay un
pasaje sublime. Un tipo llega a su casa antes de lo debido, sin avisar a su esposa. Se
saludan con un beso rutinario y no aprecia el evidente estado de ansiedad de ella cómo
quizá tampoco habría apreciado, de haberse producido, el cambio en su corte de pelo. Se
pone a hacer las cosas que uno hace cuando regresa al hogar después de un día de
trabajo, pero, de pronto, algo dispara una estridente señal de alarma en su cerebro: en
una de las mesitas de noche hay un cenicero con un cigarrillo humeante… cuando ni él ni
su mujer fuman. Alterado, alza la voz y pregunta ‘¿quién está fumando aquí? Pero no
obtiene respuesta. A más inri, aparece su mujer en el dintel de la puerta del dormitorio,
mirándole fijamente, pálida y parece que paralizada. Entonces comienza a buscar como un
loco, el ‘cherchez la femme’ ocupa toda su capacidad racional, no cabe otra cosa en su
cerebro, busca frenéticamente debajo de la cama, detrás de las cortinas, al final de un
golpe seco abre el armario ropero… y allí se encuentra, empotrado entre sus camisas y
trajes, un tipo en pelotas, tapándoselas púdicamente con las manos, con toda la angustia
del mundo reflejada en el rostro. Y no se le ocurre otra que escupirle con voz
descontrolada: «¡Qué hace usted aquí!» Y el otro, responde: «No sé, uno tiene que estar
siempre en algún sitio…». El lector, no los personajes de la acción, pasa del drama a la
carcajada.
Pero a veces todo acaba en falsa alarma, afortunadamente. Salía yo de mi casa dando ese
último vistazo que uno suele dar de manera casi inconsciente, en este caso de manera
providencial, y veo que desde el centro de una mesa baja que hay frente a un sofá,
sinuosa y silenciosamente asciende un hilillo de humo. ¡De golpe asocio a Paul Auster con
el dicho francés! Yo tampoco fumo ni he fumado nunca… ¡pero es que en este momento
nadie más vive conmigo en la casa! ¿Preferiríamos a un intruso con malas intenciones que
al aterrorizado amante de nuestra pareja? Aliviado, me doy cuenta de que no se trata de
un cigarrillo. El inicio del fuego, mínimo pues no hay aún ni llama, está en uno de los DVD
de una columna de DVD recién comprados. ¡Está combustionando su envoltura
retractilada! Y la explicación resulta tan increíble como diabólica. A través de la lupa de un
artilugio decorativo, que alguien con buena intención me regaló años atrás, el ardiente sol
de verano que entra por el ventanal concentra con precisión milimétrica toda su potencia
calorífica sobre aquel material tan vulnerable.
A veces ‘la femme’ no tiene por qué ser ni mujer ni hombre, puede ser cualquier acción
maléfica que vaya a por uno, la más imprevisible. Nuestras vidas se desarrollan sobre un
volcán, es condición humana. Así que, ‘carpe diem’. Salud y suerte para ese 2023 recién
estrenado.
https://www.diariodemallorca.es/opinion/2023/01/16/cherchez-femme-81223762.html